jueves, 24 de noviembre de 2011

Combatiendo la crisis a través de programas focalizados en las mujeres: Lecciones de la experiencia latinoamericana en la última década


José Del Tronco Paganelli[1]
FLACSO México

Resumen Ejecutivo
Los programas de transferencia de ingresos constituyen un mecanismo eficaz para la redistribución de ingresos por su capacidad para extender la protección social hacia sectores más vulnerables estimulando la inversión en capital humano de los más desfavorecidos (de Ferranti, et al, 2004).¿Cómo han operado estos programas y qué impactos han tenido sobre la autonomía de la mujer, considerada ésta última como un fenómeno multidimensional caracterizado por “la capacidad de decidir, sin más restricciones que los valores, gustos y preferencias”? ¿Qué lecciones nos dejan estas experiencias de cara al diseño de políticas públicas que más allá de mitigar con posterioridad los efectos de las crisis, puedan reducir –de antemano- la vulnerabilidad del colectivo femenino frente a las mismas?

Palabras clave: Transferencias condicionadas, crisis económica, autonomía de la mujer

Cash Transfer Programs are an effective mechanism to redistribute given their ability to extend social protection to unprivileged sectors of the population (de Ferranti, et al, 2004). How have them operated and what kind of impacts have generated on women empowerment? What kind of lections could be learned from these programs in terms to reduce women vulnerability as a result of economic crisis?

Palabras clave: Cash Transfer Programs, economic crisis, women empowerment

Introducción
Los programas de transferencia de ingresos son una respuesta común de política social frente a las crisis macroeconómicas. Para los organismos financieros internacionales, estos programas constituyen un mecanismo eficaz para la redistribución de ingresos por su capacidad para extender la protección social hacia sectores más vulnerables, estimulando la inversión en capital humano de los más desfavorecidos (De Ferranti et al., 2004). Si bien, en la práctica, los objetivos varían, la meta común (ya sea implícita o explícita) es ayudar a proteger el nivel de vida de las familias más afectadas por las crisis (Ravallion y Galasso, 2003).
En América Latina, desde fines de los años noventa, se ha reforzado la tendencia a la implementación de programas de transferencias condicionadas (PTCs). Las ventajas (no siempre evidentes) de estos programas son, de acuerdo con la literatura especializada, las siguientes: (a) Los PTC’s dan a la familia la responsabilidad de su propio progreso, y permiten que los programas trasciendan las barreras de lo político; (b) a través de las transferencias se consigue un mejor uso de los recursos, (c) las familias tienen la posibilidad de tener autonomía sobre la decisión de “en qué gastar” el recurso monetario que reciben; (d) los PTC’s focalizados en mujeres permiten luchar contra los problemas de género porque aumentan la autonomía económica de éstas últimas; (e) ofrecen una buena posición para superar el problema de información asimétrica, dado que las familias tienen mejor información sobre sus necesidades que el gobierno; (f) tienen la capacidad de cumplir múltiples objetivos—como por ejemplo salud, nutrición, y educación—a través de un solo instrumento, el dinero en efectivo o cash, y (g) facilitan una mejor focalización de los pobres que subsidios generales o inversiones en infraestructura, a través de menos errores de inclusión. Asimismo, en términos de efectividad, las ventajas más citadas incluyen: (a) el empoderamiento de las familias, al dárseles la oportunidad de tomar decisiones necesarias a través de mecanismos de “co-responsabilidad”, (b) el establecimiento de una red de protección social necesaria, tanto en una crisis como en tiempos normales, (c) la comprobada capacidad de generar impactos positivos y significativos sobre el bienestar de los beneficiarios, principalmente en salud y educación, y; (d) la creación de un efecto multiplicador en comunidades locales (Ayala, 2003).
El ánimo de este trabajo es responder si esta clase de programas, implementados en tiempos de crisis económica como la que asoló al mundo desarrollado –y afectó a América Latina- en 2008, han tenido un impacto significativo sobre la autonomía de las mujeres beneficiarias. La hipótesis aquí planteada es que existe una diferencia significativa entre la feminización de la asistencia social y una política social con perspectiva de género, y que las “contraprestaciones” (condiciones) exigidas por los programas pueden constituirse en un elemento clave para aumentar o disminuir la autonomía de las mujeres beneficiarias.
Partiendo de una conceptualización multidimensional de la pobreza, y en particular, de la pobreza de género (Arriagada, 2005; CEPAL, 2004; Sen, 1991), se presentará, en primer lugar, un esquema analítico acerca de la desigualdad de género, sus posibles determinantes y sus consecuencias sobre la autonomía de las mujeres. Seguidamente, se hará un breve repaso sobre el impacto de las crisis económicas sobre la situación de las mujeres en América Latina, y a continuación, se analiza el efecto de las PTC´s sobre la autonomía de la mujer en situaciones de crisis, a partir de un estudio comparativo de dos programas de transferencias de ingreso (el “Bono Solidario”, implementado por el Gobierno ecuatoriano a partir de la crisis del año 1998, tuvo por beneficiarias predominantes a madres de familia, que debían –a cambio de la asistencia-, velar por la salud, alimentación y educación de sus hijos, y el Plan “Jefas y Jefes de Hogar Desocupados”, diseñado por el gobierno argentino durante la depresión económica de 2001-2002, que incluyó de forma no intencional una mayoría de beneficiarias de género femenino). A modo de cierre, se presenta algunas posibles implicaciones de cada modalidad para la desigualdad de género y la autonomía de las mujeres participantes así como algunos apuntes para investigaciones futuras.

jueves, 27 de octubre de 2011

Planes de desarrollo local: Comuna 2 Medellín

 
 PRIMERA FASE DEL PLAN DE DESARROLLO LOCAL[1]: El diagnostico “Reconociendo las necesidades de la comuna 2-Santa Cruz” 2007

Por: Juan Camilo Montoya[2]


A MANERA DE PRECISIÓN

A continuación presentaré los principales elementos que se desarrollaron en la primera fase del plan de desarrollo local de la comuna 2 Santa Cruz durante el año 2007, en el cual estuve vinculado como acompañante territorial, encargado de la recolección de la información que alimentó el diagnostico, la dinamización de las asambleas barriales y demás actividades relacionadas con este proyecto.

El presente informe describe los distintos momentos en los que se realizó este proceso, la metodología implementada y finalmente los principales resultados. La información que relaciono en el siguiente documento hace parte de la memoria de este proceso, es pública y se encuentra desarrollada a profundidad en el informe final entregado en el año 2007 al Departamento Administrativo de Planeación del Municipio de Medellín.


INTRODUCCION

La comuna 2 Santa Cruz, fue una de las últimas comunas en iniciar un proceso de planeación local participativa en la ciudad de Medellín, precisamente durante el año 2006 el Consejo Comunal del Programa de Planeación Local y Presupuesto Participativo de esta comuna priorizó un presupuesto total de $50.000.000 para la realización de la fase 1 de Plan de Desarrollo Local durante el año 2007.

Esta nueva fase de la planeación local se dio en el marco del Gobierno Municipal de Sergio Fajardo (2004-2007), donde por medio del Departamento Administrativo de Planeación se concreta un convenio de asociación por un valor total de 72.400.000 ($50.000.000 aportados por el municipio de Medellín  y $22.400.000 aportados por las entidades) con 2 entidades sociales[3] de la Zona Nororiental para ejecutar la Fase Diagnostica del Plan de Desarrollo Local de dicha comuna.

Una vez firmado el convenio, las entidades gestoras del proyecto orientaron sus labores hacia la construcción del diagnóstico comunal con la participación activa de los habitantes  de los 11 barrios que conforman la comuna 2, como mecanismo legitimo que permitiría conocer las necesidades y demandas de la comunidad.


EL TERRITORIO

La comuna 2 Santa Cruz cuenta de acuerdo al Departamento de Planeación Municipal con 11 barrios (el Playón, la Isla, la Frontera, Pablo VI, Andalucía, la Francia, Villa Niza, Villa del Socorro, Santa Cruz, Moscú y la Rosa), sin embargo para los habitantes del territorio existen realmente 13 barrios o sectores pues dividen dos barrios en cuatro, es decir, el barrio Santa Cruz lo dividen en dos: Santa Cruz parte alta y Santa Cruz parte baja; y el barrio el Playón se dividen en el Playón de los Comuneros y en el Playón María Auxiliadora.


LA METODOLOGÍA

Para la ejecución de este proceso de planeación participativa, las entidades ejecutantes conformaron un equipo con seis animadores, distribuidos por pareja por 3 franjas[4], con las cuales se acompañaría las diferentes acciones en los 11 barrios de la Comuna 2 – Santa Cruz, a su vez estos dinamizadores serian coordinados por dos personas  los cuales guiaban el desarrollo de todas las actividades del plan.
El equipo de trabajo definió que el plan de desarrollo local se realizaría desde el enfoque de desarrollo integral a escala humana y para ello se retomaría el trabajo realizado por la Escuela del Hábitat de la Universidad Nacional de Colombia denominado “Diagnóstico integral de ciudad con equidad (DICE)”[5], el cual se convirtió en un instrumento de planeación que permitía conocer de una manera adecuada las necesidades básicas de la comuna, a partir del análisis de las principales fortalezas y debilidades en términos de 5 dimensiones que son: la Sociocultural, la político institucional, la socio-económica, la ambiental y la físico espacial.

Con el objetivo de construir un diagnostico pertinente, coherente con la realidad, las estrategias de recolección de información tanto primaria como secundaria implementadas por el equipo de trabajo, estuvieron orientadas no solo a analizar estudios anteriores que habían realizado diferentes organizaciones sobre este territorio, sino también a la recolección de información vivencial de los habitantes de la comuna. Gracias a esto, la Comuna 2 construyó una propuesta colectiva donde los niños, las niñas, los jóvenes, los adultos y adultos mayores soñaron el territorio a futuro.

miércoles, 12 de octubre de 2011

LAS REDES SOCIALES



(Capitulo VI del texto: “El desarrollo local como espacio
para la educación ciudadana”)

Pedro Gallardo Vásquez
Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación
Profesor Universidad de Sevilla
Sofía del Coral Ruiz
Coautora.

La capacidad de organización que tiene una comunidad constituye uno de los aspectos más significativos para el análisis de la misma y esto nos orienta de manera directa al estudio de las redes sociales que la configuran. Conocer la importancia y vitalidad de estas redes, nos facilitará pistas, para conocer las interacciones sociales que se generan dentro del espacio comunitario. Por otro lado, estos análisis nos permiten conocer la naturaleza de los vínculos que surgen entre los distintos actores sociales en sus propios escenarios comunitarios.
La educación popular contribuye sobremanera a la configuración, consolidación y desarrollo de estas redes sociales, porque la misma no se entendería si no propicia el establecimiento de tramas sociales y la puesta en marcha de relaciones humanas tendentes a la mejora de la calidad de vida.
6.3.1.  Las conexiones del tejido social: las redes en la sociedad
Diferentes autores, entre ellos Radcliffe-Brown (1952: 190), han entendido tradicionalmente que en los análisis de las redes sociales debe utilizarse la terminología sobre las mismas en un sentido muy amplio, señalando los conjuntos de relaciones que se llevan a cabo dentro de un sistema social. Pero, como afirma Requena (1989: 138), estos estudios fueron evolucionando desde la década de los cincuenta del pasado siglo, en la que se utilizó el concepto de red social con bastante rigor, hasta la década de los setenta donde el análisis de redes cobró mayor interés dentro de disciplinas como la sociología o la antropología y se iniciaron, sobre todo en el ámbito anglosajón, en numerosas universidades estudios sobre los análisis de redes sociales. Por otra parte, se fueron centrando más en el estudio del comportamiento de grupos, generalmente reducidos, de actores implicados en un amplio abanico de situaciones sociales diferenciadas.
En los años ochenta del siglo XX, se produjo una consolidación del estudio de redes, favorecidos por el desarrollo de los modelos sistémicos y ecológicos y la consiguiente comprensión psicosocial de las personas humanas. También, han contribuido al interés por estos estudios, las abundantes líneas sobre apoyo social desarrolladas en la última década, por disciplinas, tales como: la psicología y el trabajo social.
Los estudios relacionados con las redes se inician y desarrollan a partir de los trabajos de tres antropólogos británicos: J.A. Barnes, E. Bott y J.C. Mitchell. El concepto, propiamente dicho, de red social lo introdujo Barnes (1954: 43) en un estudio que realizó sobre los habitantes de una isla de pescadores en Noruega. En este trabajo se analizaban las relaciones personales, ya fueran de parentesco o de amistad, que se originaban entre los miembros de aquella comunidad insular.
De una manera gráfica podemos mostrar la red y describirla como un conjunto de puntos, algunos de los cuales los encontramos enlazados por una serie de líneas. Estos puntos pueden ser personas, consideradas individualmente, grupos, en algunas ocasiones, los cuales pueden tener un carácter institucional o no, es decir, pueden constituir una entidad o asociación. Las líneas van mostrando las personas o los grupos que se encuentran en una interacción social. Considerando la red de una manera analítica, describir como personas o grupos a los nudos de la red, implica que entre ellos los vínculos que existen, cumplen una serie de propiedades que repercuten sobre los diferentes aspectos de las relaciones sociales entre los actores de la red.
Una vez descrito lo anterior, podemos señalar que las redes, por consiguiente, constituyen un espacio social compuesto por relaciones entre diferentes personas. El sentido de estas relaciones viene configurado desde criterios específicos, tales como, la vecindad o la amistad, el parentesco, las actividades económicas y comerciales... Dentro de un determinado contexto social cada persona mantiene relaciones con un conjunto de sujetos, estos sujetos, a su vez, interaccionan con otros grupos, con lo cual se va extendiendo la red.
Luque (1995: 143) afirma que el concepto de red social empleado por Barnes, se aproxima a la teoría matemática de los grafos. De acuerdo con los postulados de esta teoría, se denomina red a un conjunto de puntos enlazados por un conjunto de líneas. Esta teoría matemática de los grafos no se reduce al estudio de redes finitas, sin embargo, en los ámbitos de la sociología o la antropología se suele trabajar con grupos limitados de personas y a partir de las relaciones que se establecen entre las mismas. Entre dos puntos podemos encontrar múltiples tipos de relaciones representadas por grafismos diferentes, estos multigrafos se utilizan cuando dos puntos se encuentran relacionados con más de un vínculo de diferente naturaleza. No obstante, como señala Rodríguez-Villasante (1998b: 90), el análisis de redes es bastante más productivo en las estrategias constructivas y participativas de la realidad social.
Una apreciación que es digna de tener en consideración en la red social, es la posición que ocupa un actor social dentro de la estructura de red. No todas las posiciones son iguales, ni tan siquiera equivalentes. En referencia a la posición que ocupe un actor determinado, vendrá definida la mayor o menor posibilidad de acción que se le reconozca. Tomando en consideración la estructura de los grafos se pueden distinguir, a priori, dos niveles de posiciones: posiciones centrales y posiciones periféricas, aunque los conceptos de periferia y centralidad son relativos entre sí. Por este motivo, sería conveniente tratar sobre posiciones más o menos centrales y posiciones más o menos periféricas en función de la localización del resto de los actores de la red.
Una posición es más central o más periférica, respectivamente, en virtud del aumento o disminución del número de puntos adyacentes a una posición dada. De este modo, la centralidad, tanto de una posición concreta como de una red en su conjunto, es susceptible de ser cuantificada. El concepto de posición es muy importante por dos motivos: por un lado, porque facilita la simplificación del análisis a medida que aumenta el nivel de complejidad de la red; y, por otro, porque ha demostrado ser un elemento fundamental en la conducta de los actores que participan en las redes de intercambio, porque en cierta forma determina el grado de autonomía o dependencia de un actor respecto a los demás. Las posiciones de los actores en una red social determinan la estructura de oportunidad de un actor, respecto a la facilidad de acceder a los recursos de otros actores en la red.
Durante las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo XX, diversos autores han utilizado los estudios de redes, para el desarrollo de sus investigaciones. En este sentido, Bott (1990) manejó elementos de las redes sociales, en un estudio que realizó sobre las familias londinenses de clase obrera y que publicó en 1957. En la obra que escribió, generada de estos estudios, analizó diferentes modalidades de relaciones conyugales entre marido y mujer, a partir de los papeles sociales diferenciados que éstos realizaban.
Uno de estos autores que trabajó a fondo los estudios de redes fue Mitchell (1969: 4). Considera que la utilidad de los estudios de redes no debe basarse en las cualidades de las personas implicadas en la red, sino más bien en las características de los vínculos que se generan entre las mismas. Los análisis de estos vínculos constituyen un medio de explicar el comportamiento de las personas envueltas en los mismos.
El propio Mitchell (1969) estudió la morfología de redes y distingue cuatro elementos morfológicos en las redes sociales: anclaje, accesibilidad, densidad y rango. El anclaje o localización de la red se entiende desde el momento en el que una red tiene que ser trazada desde algún punto o actor inicial. Por consiguiente, debe estar anclada en un punto de referencia. Así, el punto de anclaje de una red, normalmente, viene determinado por algún actor específico, cuya conducta se quiere interpretar.
La accesibilidad se puede definir rigurosamente, como la fuerza con la cual el comportamiento de un actor está influenciado por sus relaciones con los otros. En algunas ocasiones, estas relaciones sirven para estar en contacto con los otros que son relevantes para el sujeto al que se refiere la red social. Se pueden distinguir dos magnitudes en la red: la primera sería la proporción de actores que pueden contactar con cada actor determinado en la red. La segunda estaría compuesta, por el número de intermediarios que hay que utilizar para conectar con otro, es decir, el número de vínculos que se tienen que atravesar para alcanzar a un determinado actor.
La densidad es una noción que está tomada directamente de la teoría de los grafos. Esta dimensión de la red fue delimitada, posteriormente, en base a los estudios de Craven y Wellman (1973: 59-61). La densidad de una red variará en función al número de vínculos que existan dentro de ella. De este modo, una red en la que todos los actores están vinculados con todos los demás, podemos asegurar que cuenta con una densidad máxima. Sin embargo, en las redes en las que unos actores estén vinculados con algunos, pero no con todos los actores restantes, encontraremos zonas de mayor o menor densidad. En aquellas zonas de la red que sean más densas, necesitaremos menos pasos intermedios para alcanzar a la mayoría del resto de los actores.
Respecto al rango, podemos decir que en todas las redes sociales algunos actores tienen acceso directo a otros pocos. Un rango de primer orden está constituido, por el número de actores que se encuentran en contacto directo con el actor sobre el que está referida o localizada la red. Si las redes son de carácter personal, se puede definir el rango como el número de personas que se encuentran vinculadas directamente, sin necesidad de intermediarios, con el individuo. De este modo, un sujeto mejor relacionado que otro tendrá una red personal de rango mayor.
Mitchell (1969) distinguió también una serie de cualidades o características definitorias a la hora de conceptualizar las relaciones dentro de una red. Son las siguientes: contenido, direccionalidad, duración, intensidad y frecuencia de una relación. Estos aspectos se tornan indispensables si queremos comprender la conducta social de los actores implicados en la red social.
Contenido. Los vínculos entre un individuo y las personas con quien interactúa generalmente se realizan con algún propósito, o bien porque existe algún interés reconocible por alguna o ambas partes. El análisis del contenido de los vínculos en una red puede dar lugar a la superposición de redes sociales cuyo contenido sea diferente.
En el ámbito de la direccionalidad podemos encontrar bastantes casos, en los que los vínculos proporcionan relaciones recíprocas, pero en otros no. Existen determinados vínculos, tales como, la amistad, la vecindad, el parentesco, etc., donde casi siempre existe una reciprocidad en las relaciones, entre los actores que mantienen dicha relación, por consiguiente, su direccionalidad no tiene mucha importancia. Sin embargo, existen otras relaciones, en las que el flujo de comunicación circula con más facilidad hacia un sentido determinado de la relación.
La duración también es muy relevante, puesto que al igual que los grupos sociales, las redes sociales tienen un determinado período de vida. Durante su período vital una red realiza algunas variaciones en su composición, aunque sólo sea porque las edades de los miembros que la constituyen varíen y, por consiguiente, varían también las relaciones que mantienen con otros. Es por esta razón, que cabe la posibilidad de que a lo largo del ciclo de vida de sus miembros la red se expanda, o bien se contraiga, de manera que en diferentes instantes en el tiempo las redes referidas a un determinado actor social se inicien en su juventud y continúen, también, en la red del sujeto maduro. Una red suele existir siempre que los derechos y obligaciones respecto a otros se mantengan y sea reconocida para propósitos concretos.
La intensidad se puede entender como el grado de implicación de los actores vinculados entre sí. Estaríamos tratando sobre la mayor o menor incidencia que sobre el comportamiento de un actor, tienen los demás actores con los que está vinculado en la red. De este modo, una persona probablemente estará más influenciada por sus parientes más cercanos que por sus vecinos. Aunque tenemos que tener cuidado y no confundir la intensidad de un vínculo con la proximidad física de los actores vinculados.
En cuanto a la frecuencia, es necesario que exista una relativa repetición de los contactos entre los actores vinculados, para que tal vínculo perviva. Pero, a veces, no existe una gran relación entre la frecuencia y la intensidad de los contactos. De este modo, una alta frecuencia de contactos puede, a veces, no generar necesariamente una alta intensidad en las relaciones. Un ejemplo claro puede radicar en los contactos entre compañeros de trabajo que pueden ser regulares y frecuentes, pero la influencia que ejercen estos compañeros de trabajo sobre la conducta de un determinado sujeto, puede ser menor que la que tienen los parientes muy cercanos a los cuales se les ve de manera infrecuente e irregular. Por esta razón, la frecuencia de una relación tiene, en el análisis de redes, una importancia que en algunos casos es marginal.
El rápido crecimiento de los estudios de redes a finales de los años setenta y, sobre todo, en los ochenta del pasado siglo, se ha debido a los cambios originados en las ciencias sociales, la experiencia etnográfica, el desarrollo y aplicaciones de las matemáticas y la utilización de procesos de datos. Además, durante toda la década de los setenta se fue avanzando en métodos de investigación, procedimientos estadísticos y análisis de datos que se combinaron para ofrecer una gran capacidad de examinar las medidas simples cuantitativas de la interacción humana y las valoraciones cualitativas de cómo y por qué las personas desarrollan relaciones de amistad y acuden a unas personas y no a otras para solicitar ayudas.
El concepto de apoyo social surgió, como asegura Villalba (1993: 72) al revisar en los años setenta del siglo XX la literatura que parecía evidenciar una asociación entre problemas psiquiátricos y variables sociales genéricas como desintegración social, movilidad geográfica o estatus matrimonial. Se detectó que el elemento común de esas variables situacionales era la ausencia de lazos sociales adecuados o la ruptura de las redes sociales previamente existentes.
Desde esa época existe una importante línea de investigación en apoyo social, el cual puede definirse como las interacciones o relaciones sociales que ofrecen a los sujetos asistencia real o un sentimiento de conexión a una persona o grupo que se percibe como querida o amada. En nuestro país autores como Díaz Veiga (1987), Barrón, Lozano y Chacón (1988), Garcés (1991), Gracia y Musitu (1990) y Sánchez (1991) han trabajado sobre este tema y realizado conceptualizaciones sobre el apoyo social, las posibilidades y limitaciones del mismo y sus relaciones con las redes sociales.
Generalmente, la literatura sobre apoyo social utiliza la noción de red social para describir los aspectos estructurales del apoyo en contraposición con los funcionales. En esta línea, se puede hablar de la red social como la dimensión estructural del apoyo social o, también, como la socioestructura donde se generan las transacciones de apoyo. Pero, el propio método de análisis de las redes sociales permite valorar de manera integrada las perspectivas estructural, funcional y contextual del apoyo social en una persona, incluyendo los efectos positivos y negativos del mismo que ésta pueda percibir.
En muchas ocasiones, se atribuye a la noción de red social la función de apoyo con efectos positivos, denominándolas redes de apoyo social y asumiendo que todos los vínculos de las redes son positivos y que todas las redes son sistemas de apoyo. Aunque la función principal que cumplen las redes sociales es la provisión de un sistema de apoyo, las redes sociales tienen otras funciones importantes, como la identidad y el control social. En algunas ocasiones, la red social no sólo no facilita apoyo alguno, sino que puede ser foco de conflictos y tensiones.
El modelo ecológico de desarrollo humano nos muestra la compleja y permanente interacción de los sujetos con sus ambientes más o menos cercanos, en los que integrar la estructura y dinámica de las redes sociales y las transacciones de apoyo que se originan en las mismas. Bronfenbrenner (1987) es el autor que ideó este modelo, concibiendo el ambiente como un conjunto de estructuras seriadas.
El nivel más interno de estas estructuras seriadas está configurado por los entornos inmediatos que contienen a la persona en desarrollo, denominados microsistemas: la familia, escuela, trabajo, barrio... En el nivel superior se ubican las relaciones entre esos entornos inmediatos del individuo que conforman el mesosistema, los movimientos vecinales. En un tercer nivel, se establecen los entornos donde la persona no se encuentra presente, pero es influida por ellos y se denomina exosistema y, en el último nivel, encontramos los factores socioeconómicos y culturales de carácter macrosocial que constituyen el macrosistema. Las redes sociales se formarían a partir de las interconexiones de los distintos microsistemas: familia, vecinos, amigos, compañeros de trabajo...
Los distintos ambientes definidos en el modelo ecológico, constituyen a su vez sistemas en funcionamiento como tales, en los cuales el ser humano es un elemento más. Dentro de estos sistemas, los aspectos físicos, tales como: viviendas, configuración de un barrio, ruidos..., constituyen también elementos en interacción que han de ser considerados en la valoración e intervención comunitaria. 

domingo, 4 de septiembre de 2011

Los movimientos sociales y la participación ciudadana



Antonio Camacho Herrera. Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación.   Universidad de Sevilla (España)             
                                                   

Los movimientos sociales están muy extendidos actualmente por nuestra sociedad. Colectivos y asociaciones vinculadas a los mismos las encontramos en rodos los espacios de la sociedad civil. En estos ámbitos en los que se generan cons­tantemente cambios y la actividad es permanente, juega un papel fundamental la participación ciudadana. Sin la misma no sería posible la articulación de ninguna asociación, colectivo o grupo, de forma efectiva, y, por lo tanto, la vertebración de los movimientos sociales. En este sentido, movimientos sociales y participación ciu­dadana son conceptos íntimamente unidos que no tienen sentido por separado.
Es evidente que se pueden generar experiencias participativas de la ciudadanía, en las que no encontremos el concurso de las asociaciones o de los movimientos sociales, por ejemplo a través de la participación en acciones o actividades organiza­das por los poderes públicos y en las cuales los ciudadanos participan, generalmen­te, en el marco de su entorno más cercano. Sin embargo, no concebimos la presen­cia activa en las asociaciones que conforman los movimientos sociales, sin que exis­ta una participación eficaz y efectiva de las personas que trabajan en los mismos.
Teniendo en cuenta esta imbricación mutua y la necesidad perentoria de la misma, para la propia supervivencia de los movimientos sociales, analizaremos a lo largo de este capítulo, las diversas conceptualizaciones de los mismos, el origen y evolución de éstos y los procesos de participación ciudadana que se originan en su seno. Estudiaremos también los recursos comunitarios que se desprenden del tra­bajo diario de algunas asociaciones y entidades que configuran los movimientos sociales.

2.    CAUSAS DE LA APARICIÓN Y EVOLUCIÓN DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Antes de comenzar a analizar las causas que provocaron la aparición de los movimientos sociales, es necesario realizar algunas aclaraciones previas sobre qué entendemos por este concepto.
A lo largo del tiempo diversos autores han reflexionado sobre esta cuestión y casi todos llegan a conclusiones similares, aunque con algunos matices diferencia- dores. En este sentido, Schoeck (1981) señala que el concepto de movimientos sociales inicia su recorrido en el continente europeo en los albores del siglo XIX, para explicar las transformaciones que se intentaban generar de las condiciones sociales de amplios grupos de la población en aspectos específicos, a través de la propaganda y de determinados modelos de comportamiento individuales.
Según otros pensadores como Thinés y Lempereur (1975), los movimientos sociales constituyen movimientos de clase y manifiestan las confrontaciones exis­tentes entre las clases sociales, de cara a conseguir el control del sistema político, social y económico. Puesto que nos encontramos ante un movimiento de clase, en el movimiento social convergen tres factores; en primer lugar, se expresa la perso­nalidad de los miembros de la clase, indicando los factores dialécticos de la misma, es decir, factores dirigentes y dominantes respecto a la clase dominadora, factores dominados y ofensivos respecto a la clase dominada. En segundo lugar, señala el antagonismo de clase, teniendo en cuenta que se orienta contra el contrincante de clase y, en tercer lugar, expresa un pensamiento absoluto: la razón de la pugna está inmersa en apoderarse y controlar todo el devenir de la historia.
En esta línea, pero otorgándole un papel más protagonista a las fórmulas orga­nizativas, Theodorson y Theodorson (1978) señalan que los movimientos sociales constituyen la manifestación de un comportamiento colectivo, en el que un eleva­do número de personas se organizan para defender y propiciar, o para resistir, los cambios sociales. En este sentido, las procesos revolucionarios y las reformas sig­nificativas en la sociedad constituyen modelos genéricos de movimientos sociales. En cuanto al fenómeno de la participación en los mismos, consideran que para un gran número de personas, sólo es indirecta. En multitud de ocasiones, muchas per­sonas cercanas ideológicamente a estos movimientos se identifican con los mismos y su programa, pero lo apoyan desde fuera sin vincularse a las organizaciones for­males que configuran estas plataformas ciudadanas.
En una línea conceptual más genérica Ander-Egg (1988), indica que los movi­mientos sociales se originan dentro de una sociedad y repercuten de forma directa o indirecta, en el orden social establecido.

En un sentido igualmente pragmático, se manifiesta Heberle (1979) cuando afirma que el término "movimiento social" se puede aplicar a una extensa muestra de propósitos colectivos de propiciar transformaciones en diversas instituciones sociales o configurar un nuevo orden.
Entre los autores más significativos que han trabajado sobre este tema en los últimos años, encontramos a Sánchez-Casas (1993) que define los movimientos sociales como las estructuras, más o menos estables en las que se formaliza la socie­dad civil en su interrelación con el sistema, en un espacio específico. Se trata de actuaciones desde la sociedad civil sobre el sistema, es decir, aparecen en la socie­dad civil y la sobrepasan para actuar sobre el sistema. En este sentido, quedan des­cartados tanto los movimientos que se desenvuelven en su totalidad en el marco de la sociedad civil: asociaciones recreativas, clubs deportivos, sociedades de amigos de la filatelia..., y aquellos que se encuentran estrictamente dentro del sistema: colegios profesionales, asociaciones de comerciantes, empresas industriales...
Desde nuestra perspectiva consideramos que los movimientos sociales consti­tuyen un hecho unitario de carácter colectivo, en relación a actuaciones reivindicativas de gran número de personas, con la intención de propiciar procesos intensos de transformación social que inciden en un determinado orden social, caracteriza­do por constituir un propósito consciente, colectivo y organizado de favorecer, aunque también pueda ser de resistir, a través de medios no institucionalizados un cambio significativo en la sociedad.

2.1 Causas de la aparición de los movimientos sociales
Los movimientos sociales hacen su aparición a principios del siglo XIX debi­do sobre todo a los innumerables cambios que se estaban generando en las zonas urbanas de los países centroeuropeos y del Reino Unido. Los movimientos socia­les, en estos momentos históricos, se encuentran indisolublemente unidos al movi­miento obrero que había hecho su entrada en los avatares de la humanidad en fechas recientes, al pairo de la evolución de la revolución industrial. Es más, la iden­tificación entre el movimiento obrero y los movimientos sociales perduró en el continente europeo hasta el segundo decenio del siglo XX. Siguiendo esta línea de pensamiento Manera (1992) señala que los movimientos sociales aparecen en las ciudades y se van integrando en la dinámica de las mismas, aunque sin ninguna ver- tebración política o sindical en sus albores.
Teniendo en cuenta la concepción que se produce durante el siglo XVIII en Europa y su área de influencia, según la cual el orden establecido no es obra de la divinidad, sino humana y, por consiguiente, puede ser alterado para mejorar las con­diciones de vida de la población, es posible el nacimiento de unos movimientos que intentan transformar, en alguna medida, la situación existente. Por esta misma razón, en el mundo oriental no han aparecido estos movimientos hasta bien entra­da la segunda mitad del siglo XX.
Las finalidades de los movimientos sociales se han ido transformando en rela­ción a las reclamaciones y exigencias de sus inicios. En esos momentos, las reivin­dicaciones enfatizaban más aspectos como: la mejora en las condiciones de traba­jo y de vida, subida de los jornales y proteger la propia cultura obrera frente a la violencia permanente de la clase opresora. Esta es la razón de la aparición de los sindicatos, cuya misión fundamental va a ser la reivindicación constante de trans­formaciones en las situaciones laborales, con lo que a través del tiempo se ha veni­do considerando al sindicalismo como los movimientos sociales históricos. Estos objetivos ya no son el resorte que moviliza a los actuales movimientos sociales, puesto que las ciudades y las sociedades en general se han transformado ostensi­blemente y son otras las preocupaciones que orientan las finalidades reivindicativas de los mismos.
Con el paso del tiempo, y sobre todo una vez concluida la II Guerra Mundial, las metas de los movimientos sociales se van transformando y ya no reivindican los postulados que defendían en sus orígenes, puesto que los cambios económicos, sociales y culturales propiciaron nuevas iniciativas. De esta forma, los espacios de acción de los movimientos sociales se van despegando progresivamente de las tesis obreras y se van orientando hacia la mejora de las condiciones de vida en las gran­des urbes y, posteriormente, en todo el planeta.
Por otra parte, la desarticulación de las ideologías en el último cuarto del siglo XX, ha generado que grandes masas de población no se identifiquen necesaria­mente con el mundo obrero, aunque por sus niveles de renta y por su acceso al mer­cado de trabajo disten relativamente poco de la misma. Sin embargo, esto origina que no exista una identificación de las personas que trabajan en el marco de los movimientos sociales, como integrantes de una determinada clase social, sino más bien al contrario, en las zonas medias de la sociedad encontramos perfiles ideoló­gicos casi contrapuestos entre unos sectores y otros.
Los movimientos sociales, como los conocemos actualmente, se originan en la década de los sesenta del siglo XX y se desarrollan y evolucionan en los setenta. Esto se produjo por los cambios tan transcendentes que se generaron en las socie­dades del momento, de carácter político, económico, social, cultural, religioso, ide­ológico, etc., y, también, por la desvinculación definitiva entre el movimiento obre­ro y los movimientos sociales. Los espacios de actuación de los mismos se han ido modificando progresivamente y la abigarrada trama de colectivos, entidades asociaciones, organizaciones y grupos que los forman utilizan una metodología de actuación muy diferente, aunque todos convergen en una misma idea, la necesidad acuciante de mejorar las condiciones de la vida humana sobre nuestro planeta. No obstante, algunos autores contemporáneos, como Alonso (1993) señalan que muchas reivindicaciones que se llevaron a cabo en los años sesenta y setenta del siglo XX, han pasado ya a las políticas cotidianas de los poderes públicos y de estar en contra de las instituciones, se ha pasado a la adopción de las mismas por las ins­tancias gubernamentales, por ejemplo con la creación de los ministerios de medio ambiente o, también, se han constituido en opciones políticas reconocidas, como por ejemplo los partidos verdes, que proliferan por toda Europa.
En la actualidad, los movimientos sociales son interclasistas y se caracterizan por la participación de muy diversos sectores sociales en las acciones específicas. Estas nuevas situaciones generan nuevas finalidades y encontramos grupos que luchan por erradicar las agresiones ecológicas, otros que trabajan por la preservación del patrimonio urbano, por la dignificación de los colectivos más depauperados de la comunidad, por la situación de la mujer, por la marginación que sufren los países empobrecidos... Todo este cúmulo de acciones nos puede dar la medida de los obstáculos que encontramos para converger en unos objetivos comunes, las dife­rentes tendencias que se desarrollan en el marco de los movimientos sociales.
Podemos decir, siguiendo las reflexiones de Fuentes y Frank (1988), que los movimientos sociales tienen un carácter cíclico, en el sentido de que varían según se produzcan cambios en las sociedades de carácter político, social, económico, ide­ológico... Además, parece que predominan con mayor intensidad durante los perío­dos de crisis con la intención de responder a las situaciones que se originan en los mismos. Pero, parece comprobarse que se vuelven más endebles en los períodos de prosperidad económica. Un ejemplo de esto lo podemos tener en nuestro propio país, durante los años noventa del siglo XX. En el primer lustro, que coincidió con un momento de crisis económica y problemas políticos, los movimientos sociales estaban más fortalecidos, produciéndose movilizaciones y campañas muy significativas, como la de la plataforma del 0,7% que realizó acampadas delante de las sedes de los gobiernos autonómicos de gran parte de España y ante el gobierno central en Madrid, aparte de movilizaciones y acciones de información. En cambio, duran­te la segunda mitad del decenio, se produjo una coyuntura internacional de pros­peridad económica y la estabilidad política, en el mundo occidental, que se dejó notar en nuestro país, con lo que se produjo un pequeño parón en las acciones de los movimientos sociales.

2.2 Los movimientos sociales tradicionales
Describiremos, a continuación, de manera escueta, cual ha sido la génesis y posterior evolución del sindicalismo, puesto que configura un sector significativo de los movimientos sociales y, según diferentes autores como Salinas (1991), Sánchez Jiménez (1991), Rojo Torrecilla (1991) y otros, los podemos considerar como los antecedentes históricos de los movimientos sociales actuales.
Génesis y transformación gradual del sindicalismo. Los antecedentes de los sindicatos actuales los podemos encontrar en los gremios medievales, consti­tuidos por artesanos y comerciantes que se coaligaban para preservar intereses comunes. Con el paso del tiempo estas organizaciones fueron transformándose y la aparición de los sindicatos, tal y como los conocemos en la actualidad, se pro­duce paralelamente al inicio y desarrollo de la revolución industrial. En un princi­pio agrupan a enormes masas de obreros que padecían unas condiciones labora­les lacerantes que condicionaban su propia existencia, extendiéndose a todos los ámbitos de su vida cotidiana. Entre otras cosas, porque las jornadas de trabajo eran interminables y prácticamente no tenían tiempo para disfrutar de un mínimo de vida privada.
En esta línea, podemos decir que la actividad laboral con una finalidad econó­mica no constituye una acción humana dominante desde la antigüedad, como seña­la Gorz (1991). El predominio de la misma a escala planetaria, se inicia con la apa­rición del capitalismo industrial, cuyo origen lo encontramos en los últimos dece­nios del siglo XVIII. Durante la Edad Antigua, Media y Moderna, y también en las sociedades arcaicas actuales en las que no ha entrado de lleno el fenómeno del libre- mercado, se trabajaba bastante menos que en los inicios de la revolución industrial, cuando los horarios laborales se extendían a lo largo de catorce o dieciséis horas diarias. Las condiciones laborales eran de una dureza tan extrema, que durante los siglos XVIII y buena parte del XIX los empresarios tenían dificultades muy serias para que los trabajadores pudieran cumplir toda la jornada, ya que muchos caían exhaustos en el mismo puesto de trabajo.
Por lo tanto, podemos decir que el concepto que se tiene en el mundo anglo­sajón y en Europa central sobre la ética del trabajo y las sociedades del trabajo, apa­recen como términos relativamente recientes. Quizás lo más peculiar de las socie­dades en las que el trabajo es considerado un valor casi absoluto estriba en que éste se concibe como un deber moral, una obligación social y como la vía más directa hacia el éxito personal.
Nos encontramos, por consiguiente, ante un escenario nuevo en el que la explotación de unos individuos por otros, con el objetivo de la acumulación de capital, es la norma. Ante esta situación, tal y como indica Salinas Ramos (1991), aparece el sindicalismo que intenta dignificar las condiciones de vida de la mayoría de la población. Los primeros sindicatos aparecen en Londres hacia 1720, son las Trade Unions que más que la confrontación directa entre la patronal y los trabaja­dores, propiciaba unos espacios de colaboración mutua que mejoraran las condi­ciones de vida de los más desfavorecidos. No obstante, sólo con la buena voluntad no se ha conseguido casi nada y la lucha de clases ha sido la manera más efectiva de conseguir mejoras para los trabajadores en todos los ámbitos, desde el siglo XVIII hasta la actualidad.
Poco a poco se va favoreciendo un proceso de abandono progresivo de las actividades agrícolas y la emigración a las ciudades, las cuales van entrando cada vez más en situaciones de industrialización. Estos cambios empezaron a producirse en el Reino Unido y de manera gradual se fueron extendiendo por toda Europa central, modificando en estos últimos doscientos años la vida de todos los países occidentales. A partir de 1800 diversos países europeos, entre ellos Gran Bretaña, prohíben las organizaciones obreras y se producen enfrentamientos y destrucción de maquinaria en las empresas. Sin embargo, a partir de 1830 se apre­cia con claridad una proletarización de las sociedades occidentales y los sindicatos se van legalizando en muchos países, con lo cual la estrategia sindical va cambian­do y de la destrucción de máquinas y herramientas, se pasa a posturas de negocia­ción con las empresas y el Estado y el reconocimiento de la labor sindical, lo cual propicia, en algunos casos, incipientes logros en la lucha política, demandando el sufragio universal.
En este sentido, existen iniciativas de reconocimiento político de los trabaja­dores en el Reino Unido con la elaboración de programas concretos, como la Carta del Pueblo de 1838 que originó el movimiento carósta. Aunque esta iniciativa sólo se extendió durante diez años, porque hubo disensiones entre los líderes sindicales y resistencias políticas y empresariales que socavaron el trabajo de estas organiza­ciones. El movimiento sindical inglés sólo se reactivará a partir de la segunda mitad de la década de los cincuenta del siglo XIX, con la constitución de sindicatos gre­miales, como el de maquinistas, famoso por sus reivindicaciones.
En 1868 se funda el Trade Unions Congress, cuya misión estriba en coordinar los diferentes sindicatos que hay en el país y volver a trabajar en la esfera legislati­va y política, de cara a conseguir reformas sociales.
En Alemania y Francia, el movimiento obrero adquirió una conciencia social algo más tardía, debido a que los procesos industriales se habían retardado un poco más. Es a partir de las luchas durante la revolución de 1848, cuando las posiciones de los obreros y burgueses se vuelven equidistantes y se generan transformaciones significativas en la orientación de las reivindicaciones proletarias.

El despegue del sindicalismo y el nacimiento de las internacionales obreras. Durante la década de 1850 se va consolidando el sindicalismo en Europa y se producen fuertes conflictos sociales en los países centrales del continente. A partir de 1860 se empieza a reivindicar de forma clara, la necesidad de establecer jornadas laborales de ocho horas, como señala Sánchez Jiménez (1991). También se van estableciendo relaciones internacionales más sólidas constituyéndose la Asociación Internacional de Trabajadores en 1864. Además, el desarrollo ideológi­co se va extendiendo basado en tres escuelas de pensamiento: el proudhonianismo, el marxismo y el anarco-colectivismo, liderado por Bakunin, las cuales van a tener gran influencia en el ideario político de finales del siglo XIX.
La Primera Internacional aparece desde la Asociación Internacional de Trabajadores (A.I.T.) y propugna la solidaridad internacional entre los obreros del mundo. En este organismo destaca la figura de Marx que redacta el Manifiesto y los estatutos de la nueva entidad.
El Manifiesto marxista abogaba por la conquista del poder político, como manera de liberar al mundo obrero. Sin embargo, aparecieron dificultades entre Marx y Engels y los partidarios de las tesis bakuninistas. Las confrontaciones más dolorosas para el movimiento obrero se producen a partir de 1868, año en que Bakunin ingresa en la Primera Internacional, rompiéndose el consenso existente y apareciendo otra nueva internacional que fue disolviéndose lentamente. Esto con­llevó la ruptura del movimiento obrero europeo y aparecieron los partidos obreros estatales.
En España, esta ruptura dio origen a la aparición en 1879 de un partido obre­ro que se denominó Partido Democrático Socialista Obrero Español. Tenía corte marxista y luchaba por la abolición de las clases sociales. Más tarde, en 1888, se fundó un sindicato, la Unión General de Trabajadores que discernía la acción polí­tica de las reivindicaciones laborales.
En 1888 se celebra en París un Congreso Internacional Obrero, en el seno del cual se aprecian diferentes posturas ideológicas. La tendencia marxista del mismo configura la Segunda Internacional, que resaltaba la relevancia del internacionalis­mo obrero y la reivindicación de la jornada de ocho horas, así como declarar el día Io de Mayo, como día de lucha de la clase obrera. Esta Segunda Internacional se quebró con la I Guerra Mundial, ya que los trabajadores no habían sido capaces de imponer el internacionalismo y primaron los nacionalismos que tenían un carácter más burgués y excluyente. Sin embargo, en 1923, resurgió nuevamente pero se frac­cionó en diversas organizaciones, que ya no tuvieron la fuerza anterior.
Durante la Revolución Rusa, concretamente en 1919, Lenin favorece la cons­titución de una Tercera Internacional que perduró hasta 1943. Se la conoce como la Internacional Comunista y como señala Pérez Amorós (1991) provocó disensio­nes en el mundo obrero y algunas miembros de la misma se separan, creando en 1938 la IV Internacional que tuvo una vida efímera.
Al iniciarse la Segunda Guerra Mundial el mundo obrero olvida el internacio­nalismo y se repiten los esquemas de la I Guerra Mundial enfrentándose los obre­ros de los diferentes países.
La situación actual del sindicalismo. Una vez finalizada la II Guerra Mundial, el mundo obrero se va moderando, debido a la fuerza de los sindicatos y al desarrollo del estado del bienestar. El sindicalismo europeo se desenvuelve en el ámbito de una organización taylorista del trabajo, como señalan Rojo Torrecilla (1991). Durante el decenio de 1960, el mundo sindical estaba repartido entre la Federación Sindical Mundial, compuesta por los sindicatos de la URSS, democra­cias populares y sindicatos comunistas de países occidentales y la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres, configurada por el sindicalismo norteamericano, las Trade Unions británicas y sindicatos socialistas europeos.
La lucha obrera se va transformando en negociación colectiva y la búsqueda del pleno empleo. Aunque hay algunas cotas de conflictividad entre los jóvenes obreros entre los años 1968 y 1973. Algunas acciones en las que colaboraron, pero ya dentro de otros movimientos sociales de mayor calado fueron: el Mayo del 68 en Francia, el otoño caliente de 1969 en Italia y las huelgas de mineros y portuarios ingleses entre 1972 y 1973. Sin embargo, a partir de 1973, y debido a la crisis energética, se generan transformaciones en los sistemas financieros de los países occidentales y la gran inflación existente, aminora la potencia del sindicalismo, por el pánico a perder puestos de trabajo. Estos cambios en el movimiento obrero y sin­dical y la irrupción de nuevos conflictos sociales, propician la articulación de unos nuevos movimientos sociales que manifiestan el malestar ciudadano y la indagación de nuevos caminos asociativos, emergiendo con enorme dinamismo los movimien­tos pacifistas, ecologistas, feministas y vecinales.
Hoy en día el espectro sindical se transforma ostensiblemente en toda Europa y, también, en España que ha tenido que soportar un duro proceso de reconversión industrial. De este modo, los sindicalistas de este sector han bajado, aunque se han incrementado los del sector servicios. Además, con la incorporación de las mujeres y los jóvenes al mundo laboral, la propia cultura sindical se está transformando y abriendo nuevos caminos que actualmente en los albores del siglo XXI aún no están muy definidos.

3.    LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Actualmente se conoce por esta denominación a una serie de organizaciones y asociaciones de carácter pacifista, ecologista, feminista, ciudadano, etc, que empe­zaron a proliferar a partir de 1960 y que han tenido, y siguen teniendo, un prota­gonismo social muy relevante en la sociedad.

sábado, 6 de agosto de 2011

GLOBALIZACION, POLITICA Y DESARROLLO


 
                                                                      Por:   Gustavo Adolfo Molina P.
                                                                      Doctor en Ciencias Políticas y Sociología
                                                                      Universidad Complutense de Madrid.
                                                                      Profesor Asociado de Ciencia Política
                                                                      Universidad Nacional de Colombia

INTRODUCCIÓN

Diversos son los análisis que se ocupan de la explicación de lo que ha dado en llamarse globalización, por ello interesa aclarar como se le entenderá a lo largo de este escrito.

Las dimensiones económica, política y cultural, aparecen contenidas en varias de las definiciones que sobre este hecho existen, sin embargo los énfasis difieren enormemente.

Tales énfasis se ocupan de resaltar elementos propios de cada realidad. En el análisis económico: el crecimiento y la expansión del comercio mundial, la multiplicación de las inversiones extranjeras y la dinámica de los flujos financieros; en el análisis político: las zonas geopolíticas, el cuestionamiento al estado-nación y la hegemonía en el ejercicio del poder; en el análisis cultural: los intercambios de conocimientos, las migraciones y los acercamientos entre las personas por medio de la red informática.

Todos estos elementos tienen importantes y decisivas consecuencias en el plano social y es a través de estos cruces de impacto como se puede señalar que la globalización seria un proceso de determinación múltiple, en el que se presentan de manera simultánea varios hechos desencadenantes.

Se podría decir que es un proceso multidimensional y que para poder comprenderlo, hace falta la idea de la integralidad.

En términos económicos, no hay ninguna duda que la producción industrial en los países desarrollados se ha dirigido hacia procesos productivos altamente tecnificados, en los que prevalece la automatización y la inclusión de la robótica.

Según esta tendencia, seria la tecnología un elemento clave en la explicación económica y este factor adquiere libre movilidad en la época de la globalización, asociándose a la informática y a la venta libre de bienes y servicios, dinamizando el comercio a escala mundial. Lo anterior sin mencionar por ahora las consecuencias sociales de tales hechos.

En términos políticos, las multinacionales y los organismos financieros internacionales, rebasan con sus actuaciones las fronteras nacionales y condicionan a los gobiernos receptores, cuestionando con su poder, los conceptos de autonomía y soberanía, así como la normatividad jurídica que rige a los estados nacionales. Lo anterior sin mencionar por ahora las consecuencias de tales hechos.


En términos culturales, el conocimiento y la información se difunden por el mundo gracias a la red, las personas se desplazan de unos países a otros, intercambiando costumbres y valores, varias naciones reciben flujos migratorios considerables que están relacionados con el trabajo, el turismo y la búsqueda de nuevos centros como lugar de residencia. Lo anterior sin mencionar por ahora, las consecuencias de tales hechos.

Con la idea de la integralidad en la comprensión del proceso de la globalización, se pretende llamar la atención de que no se trata exclusivamente de una realidad económica y que por lo tanto las implicaciones y consecuencias no son reducibles solamente a lo económico.

No sobra advertir que algunos autores tienen sus reservas frente a la idea de la integralidad, ya que según ellos esconde una falta de posición frente a hechos   palpables de dominación y hegemonia. No obstante, este artículo comparte la idea que la globalización es un proceso complejo, como se verá más adelante.

GLOBALIZACIÓN Y ECONOMIA

En el texto titulado “La economía mundial y el desarrollo” de los autores Juan Claudio Rodríguez y Ferrera Massons, se puede leer:

“La globalización o mundialización de la economía se refiere al hecho de que en los últimos años ha existido un crecimiento continuado del comercio internacional, de las inversiones extranjeras y de los movimientos financieros internacionales en general. La lógica del sistema económico imperante, el capital, precisa actualmente del conjunto del espacio mundial para reproducirse.[1] 

La definición anterior coincide en todos sus puntos con las ideas del Banco Mundial, organismo que señala que a pesar de no existir una definición precisa y ampliamente aceptada, el concepto más común o básico de globalización económica:

“seguramente es el hecho de que en los últimos años ha aumentado vertiginosamente la parte de las relaciones económicas entre personas de distintos países.[2]