lunes, 20 de abril de 2015

DOS ESCRITOS DE CARLOS GAVIRIA DIAZ Y UN TEXTO DE RECONOCIMIENTO A SU PERSONA, IDEAS Y OBRA, POR PARTE DEL PROFESOR ALBEIRO PULGARIN



LA MORAL Y EL ESTADO DE DERECHO.

El Espectador agosto 9 de 2001
La moral y el Estado de derecho
Por: Carlos Gaviria Díaz
Una decisión es arbitraria cuando no obedece a reglas. Sólo al capricho de quien la observa. Por ejemplo, la del monarca absoluto, porque él mismo es la ley. Los súbditos no saben hoy cuál es el comportamiento censurable, expuesto al castigo, porque puede ser diferente del de ayer. Someter a reglas la actuación del gobernante, como lo está la del súbdito, es lo que el Estado de derecho se propone. Esa erradicación de la arbitrariedad en la relación de poder implica, entonces, la protección de la libertad de la persona, que sabrá en adelante qué implicaciones hay en el ejercicio de sus opciones. A esa certidumbre sobre la licitud o ilicitud de un hecho, se la ha llamado libertad seguridad. Y para precaver que cualquier comportamiento no vaya a ser tenido como ilícito, sino sólo el que resulte atentatorio de la convivencia, se les posibilita a todos los ciudadanos participar en la formación de la voluntad general. A eso se le llama libertad participación. Ambas libertades, que parecen exigirse mutuamente, se articulan en el Estado de derecho. La primera es el símbolo del liberalismo político y la segunda el de la democracia. Por eso al sistema que las armoniza se le conoce como demo-liberal.

Ahora bien: Si lo que está comprometido en tal empresa es la protección de la libertad de la persona, es claro que el propósito del Estado de derecho es altamente ético. Exquisitamente moral, si hacemos intercambiables esos conceptos. Pero el logro de esa finalidad está supeditado, precisamente, a la vigencia del derecho como sistema de normas objetivo, cuyo contenido puede ser evaluado por cada persona desde la perspectiva de lo que ella juzga acorde con la idea que tenga de lo bueno, sin que de ese juicio dependa la validez ni la capacidad de obligar inherente a las normas jurídicas. Por eso el derecho positivo condensa la moralidad prescrita para una sociedad liberal y democrática.

Esta tesis la expresó el expresidente Eduardo Santos a modo de respuesta a la afirmación hecha por el doctor Laureano Gómez en su discurso de posesión como presidente de la República, en el sentido de que gobernaría teniendo como pauta la moral. La pregunta obvia dentro de una sociedad pluralista es ésta: ¿con la moral vista desde cuál perspectiva? Porque es evidente que el enjuiciar una conducta como lícita o ilícita desde un punto de vista moral puede dar lugar a controversia y ¿quién puede establecer con autoridad de parte de quién está la razón? ¿El gobernante? Entonces regresamos a la arbitrariedad que el Estado de derecho se ha propuesto erradicar. ¿Cada uno según su propio criterio? Entonces estamos en la anarquía.

Lo anterior no significa, en modo alguno, que en una sociedad liberal y democrática la moral individual tenga un valor subalterno. Yo puedo dar testimonio de ella, cuando la encuentro en conflicto con las normas jurídicas, exponiéndome a las consecuencias que éstas establecen para quienes no las acatan. Y si tengo en alta estima la moral que profeso, afrontaré con dignidad el contratiempo, sin argüir que mi “verdad” está por encima de cualquier juicio ajeno. Ni, mucho menos, que soy la encarnación misma de la moral social, porque para saber ésta en qué consiste, carecemos de un criterio de identificación objetivo como el que nos permite saber cuál es el derecho vigente. Por esa razón en un Estado de derecho, laico y pluralista, nadie está habilitado para proclamarse depositario de “verdades morales eternas”. Puede, desde luego, observarlas y vivirlas a plenitud, pero no prescribirlas para quienes no las comparten.


LAS UTOPIAS DE LA CONSTITUCION

El Espectador julio 12 de 2001

Las utopías de la Constitución

Por: Carlos Gaviria Díaz
Como uno de los más serios cargos que a menudo le formulan a la Constitución de 1991, no sus críticos sino sus malquerientes, consiste en que “es muy utópica”, vale la pena hacer una digresión sobre el asunto. Empiezo preguntando: ¿y es que podría no serlo? Y respondo provisoriamente: ¡imposible! Veamos por qué.

Karl Mannheim (**), quien se ocupa del fascinante tema de la utopía, afirma –y justifica su aserto– que ella no es lo mismo que el sueño candoroso o la fantasía desbordada sobre una sociedad óptima (inalcanzable), sino que presupone una drástica contradicción con la realidad presente. Lo que pretende es trascender una situación histórica, buscando ingredientes que en ella se echan de menos. De acuerdo con su sentido etimológico, es lo que no tiene lugar, pero puede llegar a tenerlo, y parece deseable que lo tenga. En ese sentido, ¿cómo podría no ser utópica la Constitución de 1991 expedida, precisamente, para tratar de erradicar lastres incompatibles con la vida civil y superar carencias vergonzosas?

Con ejemplos puede entenderse mejor lo que digo. Creo que tres bastan: 1. El artículo primero establece que la solidaridad es uno de los fundamentos del Estado colombiano. Si el principio tuviera plena vigencia entre nosotros, sería no sólo innecesario sino redundante que la Constitución lo reiterara. Pero el constituyente juzgó conveniente proponerlo como una meta altamente deseable, en contrapunto con el egoísmo generalmente reinante. ¿Estuvo, por eso, descaminado el constituyente? Me parece que no. 2. El inciso primero del artículo 13 reproduce el dogma político de la igualdad originaria de todos los hombres ante el derecho. Pero el segundo, propone como meta una igualdad efectiva que el Estado debe buscar, promoviendo las condiciones propicias y adoptando medidas en favor de grupos discriminados o marginados. Perseguir ese propósito implica el reconocimiento de que no se ha alcanzado, pero que resulta valiosa su prosecución: ¿es insensata la directiva impartida? Francamente pienso que no. ¿Es utópica? Creo que sí y allí radica su valor. 3. El artículo 22 (quizás único en el mundo), dispone que “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. ¿Qué pretendió el constituyente de 1991 con esa directiva que pone de mal humor a los más conspicuos exponentes de la ortodoxia constitucional? Algo tan simple como esencial: hay que alcanzar la paz (meta aún lejana), porque ella es la condición para que el ambicioso catálogo de derechos fundamentales, económicos, sociales y culturales no sea literatura huera. Porque en medio de la violencia inclemente que nos abruma, nadie puede afirmar su condición de sujeto moral, titular de derechos y destinatario de obligaciones, que el propio Estado no está en capacidad de garantizar ni de exigir. ¿Utópico? Claro que sí. Pero, ¿cómo prescindir de esa utopía? Paradójicamente, es el más honesto realismo el que la señala como inevitable.

(*) Ideología y utopía. F.C.E.

cgaviria@cable.net.co


* (*) Ideología y utopía. F.C.E.


CARLOS GAVIRIA POSTUMO 

Por : Albeiro Pulgarin 


NOS VAMOS…UN MARZO DE VIAJEROS

Agonizando el último día del tercer mes del 2015, se ausenta en lo corpóreo una personalidad de esas que el buen sentido identifica como paradigma de una sociedad presente y futura. Al individualizar estos sentimientos en un nombre – CARLOS GAVIRIA DIAZ - se limita su potencial humano transferido en diferentes escenarios de la academia, entendida  como la matriz del pensamiento científico, filosófico, artístico, jurídico y político, razón de ser de la cultura. Estas virtudes se deducen del testimonio del jurista que hoy concita a sus recuerdos, trayendo a la memoria la respuesta dada en una de sus entrevistas, cuando le preguntaron sobre que leía: Leo, respondió, historia, literatura, filosofía, de vez en cuando derecho.

La fuerza axiológica de esta confidencia, la ratifica la aplicación de esta visión holística del mundo en la práctica  pedagógica ya en la educación formal o en la informal; como pedagogo de la primera, el alma mater de Antioquia, lo inicio y él también la nutrió no solo del saber, sino del conocimiento del conocimiento, como consta en su escrito Mito o logos;  misión que trascendió los escenarios inter-universitarios, para encontrar como receptores de esas enseñanzas a una generación de discípulos, ciudadanos que no contestaron a lista, porque  su pensamiento, más allá del aula les transmitió un espíritu no solo renacentista, sino proyectado al panorama desafiante del siglo XXI .

La actitud y comportamiento propedéutico del servidor público Gaviria Díaz, se verifican en su proyecto de vida; sus pasadas y recientes jornadas históricas las dedicó a enaltecer dos ramas del poder público, con más relevancia en la jurisdiccional que en la legislativa. En la ejecutiva, representa para el país otra aspiración en una sociedad demandante de un nuevo concepto del hombre, la economía, la naturaleza y el estado, al aceptar participar en un debate electoral - ética y estéticamente muy distante de sus convicciones sobre el régimen - como candidato presidencial y logra visibilizar, a más de dos millones y medio de sufragantes, conscientes de su destino. No es habitual que desde el  establecimiento se reconozca (por no alcanzar los números exigidos por la cifra tres veces inferior al recaudo electoral de quien fue declarado presidente) la misión de un candidato a quien su proyecto de vida lo excluye de la sentencia maniquea entre ganador o perdedor. 

Su estirpe de formador de ciudadanía, no declina ante los cantos de sirena de los dioses del descanso y el relajamiento a que incita una jubilación; culminada su función pública, emprende la creación y cualificación del sujeto como categoría fundante y fundada de un modelo político idóneo, en métodos y medios para la eficacia de la dignidad humana, en los términos de la proclama del artículo primero de la carta, principio fundamental reconocido y llevado a la práctica por el jurista. En este propósito asume un protagonismo en la raíz epistemológica y organizativa del estado social de derecho: La sociedad civil. 


Entre sus últimas ocupaciones, en ese indeclinable cometido socio-político, concibe una ejemplar asociación, que desde  el sentir de los demócratas debe fortalecerse  para continuar desde DEMOPAZ, un propósito que las circunstancias históricas del país exigen culminar como cometido ilustrativo. Las jornadas de este colectivo  de cultas personalidades cumplieron- con la hospitalidad de la biblioteca Pública Piloto- en cada uno de sus inolvidables jueves, los anhelos del conocimiento del arte, la política, la filosofía y la economía, compendios de la paz y la democracia.

La permanencia de DEMOPAZ, que inexorablemente transita por su creación,  desarrollo y solidez, demuestra la comunión de ideales con un pensamiento inspirado y comprometido más con lo universal que con lo particular.

Hoy no despedimos a un precursor de esos dos valores a conquistar, democracia y paz, con las nostalgias que nos dejaron otros, sacrificados en una sociedad renuente a la razón, sino con el bálsamo que mitiga las ausencias cuando las originan fenómenos inapelables al interior de la evolución orgánica de todo ser vivo.
 Este momento luctuoso trae a la memoria el de otro intérprete de la historia - Guillermo Federico Hegel contra quien se frustró una tentativa de homicidio en la modalidad de sicariato- porque al profesor Gaviria Díaz, puede recordársele, como un sobreviviente de las pretensiones criminales de una estructura de poder añeja y autista, que para impedir la transición de un régimen político inidóneo hacia las exigencias contemporáneas, acude a la prohibición y a la exclusión violenta de los demócratas. Pero el jurista, aún en la fatigosa preparación del exilio, al otro día del crimen contra la vida del médico salubrista Héctor Abad Gómez, acude a la fuerza de su pluma y la sabiduría de su pensamiento, que no le impiden claudicar ante el terror, y, en su columna del diario regional El Mundo caracteriza ese delito en el contexto del fascismo ordinario.

Hay una coincidencia cronológica meritoria de mención : un marzo que despide tres antioqueños, de Colombia, del mundo, del arte, la economía y la juridicidad. Estas tres disciplinas desde la teoría de la sociedad y del estado, son subcategorías históricas que enriquecen y dignifican el ejercicio del poder político; con la diferencia de un día, despedimos al artista Ramón Vásquez y al ingeniero Nicanor Restrepo, y a escasos días de estas partidas corresponde despedir al jurista. Tres arquitectos de la humanización del pincel, la economía y el derecho. De estas partidas, de los espíritus eternos, debemos rescatar una enseñanza para quienes sobrevivimos y para quienes nos heredan: la calidad de mortales. Toma de conciencia que desde lo antropológico favorece  la no realización de conductas tanáticas lesionadoras de las condiciones personales de existencia que exigen el respeto a la naturaleza, el reconocimiento a la biodiversidad y a la dignidad humana como sumun de la libertad, la igualdad y la vida.

El precitado pensador alemán-Hegel- convocó en sus honras fúnebres, a una multitud en duelo, a una escena pública inusitada aún ante el fallecimiento de monarcas que lo precedieron; hoy el homenaje al siempre recordado presidente de la corte constitucional tiene esas connotaciones desde lo corporal e intersubjetivo, porque sus argumentos y su obra trascendieron nuestras coordenadas en lo territorial y su disertación se identifica con el plexo valorativo que personifica a la nación colombiana como la lectura de García Márquez, las melodías de José Barros, los óleos de Fernando Botero y el trabajo de otros colombianos también ilustres en el contexto internacional. El legado de los representantes de la nacionalidad, supera el concepto de familia nuclear y lo cualifica a instancias  socio políticas  con la lógica secuencia de que el duelo desde lo Gaviria Gomez es también el del ciudadano colombiano que se identifica con su apostolado.

Quedamos los sobrevivientes en esta sociedad, con la adversidad de padecer desde las estructuras dominantes las secuelas de la decadencia de un ejercicio de poder infestado de los vicios, que tradicionalmente han obstaculizado la conformación de una sociedad justa y libre, como la violencia, la corrupción y el despilfarro - insumos de la guerra - ; contradictoriamente sus culpables insisten en quedarse, pero también estamos los herederos responsables de continuar las enseñanzas humanistas, con la ética y la estética que reclama el proceso actual de Colombia. No nos vamos, todavía permanecemos activos y pensantes con el compromiso testamentario para la realización del programa político que lideró Carlos Gaviria con otra pléyade de demócratas que se quedan.


Albeiro Pulgarín Cardona                                      Celia Arismendy Espinosa
Medellín, marzo 31 de 2014




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